viernes, 22 de mayo de 2009

En el día de hoy...


El aire hacía revolotear un mechón por delante de sus ojos, tapando el precipicio. Ahora está, ahora no está, ahora está, ahora no está. Su brazo extendido no se movía pese al peso que tenía que soportar, ni siquiera aquel fuerte aire era capaz de competir con su propia fuerza. Dio un tirón, suave pero firme, apretando un poco más el lazo.

Solo una leve pulsación en el párpado izquierdo delataba la presión, el resto de su cuerpo estaba tranquilo, pues el fuego bullía en su interior. Y ahora ¿qué? Había sufrido el fuego del Averno y el hielo de la más alta cumbre del mundo, su corazón había superado las pruebas. Pareciera que hubiese el cielo vaciado todas sus nubes para llenar de frío líquido su interior.

Estiró la espalda, llegando a juntar sus paletillas y sonrió. Sus alas, ahora ocultas, tenían más fuerza que nunca. Y a pesar de ello, o tal vez por ello mismo, estaban fuertemente atadas. Miró su mano, blanca, tersa, surcada por un delgado rayo de plata. Era lo que ella había deseado, y no lo cambiaría, por supuesto. Pero había cosas que no se podían tolerar.

Sus ojos continuaron lentamente por la tirante tela que pendía de su mano blanca. Era una simple corbata de seda, roja y negra, suave por fuera, anudada sobre el cuello oscuro de un traje de Armani. Su mirada centelleó.

- No sabía que las putas vistieran de Armani.

El aire agitaba el pelo de la otra mujer, que trataba infructuosamente de desatar la corbata del cuello de su camisa. Sus labios se tornaban violáceos, conforme su peso empujaba hacia abajo, hacia el vacío.

- Cambian los nombres, cambian las palabras, se alteran las letras y cifras. Cambia la ropa, y los sentidos, los olores, colores y formas. Cambian, y cambiarán, hasta las personas. Pero siempre, y en todo momento, lo esencial permanece.

Con un gesto natural, abrió los dedos, dejando lentamente deslizarse entre ellos la suave tela de la corbata. Su mirada quedó fija en el infinito.

Hay una parte que es siempre nuestra, a donde nadie puede llegar. Ni la más pura verdad puede revelarla, y así deberá quedar. Rita no era Rita, sino Rita. Y esta vez, y por fin, sonreía, recordaba su mente. Los secretos del alma guardan la esencia de todos los mundos. ¿Cuál es tu verdad?

Se alejó caminando, con el cuello de cuero de su chaqueta subido hasta la barbilla, sonriendo, en silencio. A lo lejos se oía una sirena, y en su interior, la calma. Y la mujer se preguntaba, ¿cuál es el sonido del silencio?

4 comentarios:

Sergio dijo...

Desde la segunda línea sabía que era Rita.


=)

Menelmakar dijo...

...

Básicamente ese.

Y bien está que vuelva Rita.

Morgana Majere dijo...

Santa Rita, Rita, Rita, ha venido a saludar... :P

Javi dijo...

Me ha encantado Margarita xD me hubiese gustado haberla conocido antes ^^